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  • Mayela García

Las ciudades y sus resurrecciones…


Bilbao

Tengo una imagen muy presente en mis pensamientos. La uso cuando estoy aturdida de actividades y necesito invitar a la paz a mi mesa.


La imagen consiste en observar de cerca a un señor elegantemente vestido sentado a la orilla de un río largo que está rodeado de esculturas modernas y que el simplemente observa tranquilo. Tiene un libro en su mano izquierda, un café expreso en la derecha. Sus lentes, aunque son de aumento, tienen micas de color café carey y su cara da al sol. Sus labios esbozan una sonrisa, de esas que presumen el lugar donde se vive.


Esta imagen es real. Esta imagen la viví no hace mucho tiempo en una ciudad que no me canso ni cansaría de visitar. Bilbao.


Al señor le dirigí unas palabras, algo así como:


-Se antoja estar donde usted está.-


Me contestó:- ¿Y qué se lo impide?


A este hombre recurro para acordarme que si existen en el mundo esfuerzos colectivos para rearmar un niño recién nacido. La historia que escuché ese día del hombre elegante fue tan serena que hoy más que nunca la traigo a mi mente.


La historia contada por el hombre de la sonrisa orgullosa, a continuación.


Existen grupos que dañan sociedades. Las dañan completas.


En los años 50’s comenzaron a suscitarse en España una serie de sucesos que marcaron a su gente, edificios y flores. La ETA comenzaba a enviar mensajes en rojo y de ruido estruendoso focalizado en su norte de País Vasco. Ese de playas, festivales, aires fríos y mares helados con gastronomía de premio y vinos de refresco.


Concretamente la ciudad de Bilbao se veía envuelta en una serie de masacres finas y con un cinturón apretado en señal de la abstención de visita. Nadie quería ir ahí. Nadie quería visitarnos.


Además de esto, Bilbao se reconoció por ser pionera en masacrar naturalezas para darle paso a la Industria. Rápidamente en los 80`s la ciudad del miedo y dinero pasaban a herir las bastas extremidades de esa ciudad tan de negocios, tan de dinero, tan de secretos.


Bilbao se dio cuenta al poco tiempo que, finalizada la actuación estelar de ETA con su firma der paz tenía un grave problema. Los turistas no existían, no viajaban, no se ocurría poner ojos en un amasijo de contaminantes y negocios de vidrio y acero. ¿A quién en su sano juicio se le ocurriría visitar una ciudad así?


Y esto lo supo Bilbao. Bilbao quería volver a configurarse y para que eso sucediera, se necesitaba des – configurar en lo que era actual.


Personas comprometidas con su ciudad formaron parte de un comité que no tuviera que ver con políticos, ni empresarios, ni nadie que pudiera ver por sus intereses. Este comité se guardaba como joya para poder sólo ser servidor de la sociedad. De todos.


Porque una ciudad sirve a sus habitantes, a los que estamos, a los que bailamos, a los que cantamos. Una ciudad sirve a ellos que son optimistas y que tienen un amorío tan profundo con la tierra. Una ciudad no se debe a pocos, una ciudad se debe a muchos.


Bilbao comenzaba con el pié derecho la resurrección que hoy por hoy ha sido premiada a nivel mundial como el ejemplo de la conversión de ciudad que vela por sus habitantes.


Y todo esto costó, costó mucho. Y cuando existen costos altos se deben de prevenir. Los costos son agujas que finamente se encajan en sus telas para que nadie sangre tanto. Son manecillas de reloj que se mueven con cuidado, pero que al fin y al cabo, se mueven.


Su primera extremidad modificada fue un sistema de metro ligero y tranvía que conectaría a sus usuarios por medio de viajes leves, musicales, limpios. Este medio sería enfocado a mayorías y no sólo a un grupo pequeño.


Porque las ciudades se deben a todos.


Después de la instalación de la vía férrea más elegante del mundo los bilbaínos decidieron dejar sus coches en casa o bien, deshacerse de ellos. Porque es tan perfecto el trayecto que pensar en vehículo es imposible. Actualmente el automóvil, en esta ciudad, sólo se conduce al 11% del que estaba y se hace en calles tranquilas, anchas, con banquetas de verdes y flores.


La segunda extremidad que modificaron les dolió mucho. Diría que el grito de dolor costó a fuerza de golpes. Toda la Industria contaminante que se levantaba alrededor de la Ría del Nervión debería ser reubicada muy lejos de sus habitantes en un corredor industrial controlado, bien edificado y con leyes que enlazaban candados para evitar los dineros oscuros. Todos, sin elecciones de favores, necesitaban estar en el mismo canal de la transformación. Si esto no lo hacían, se condenarían solos a morir lento. Y si alguno no empataba, la vergüenza pública hacía su acto de magia. Y cuando la magia aparece, el truco queda expuesto para que, cuando se devele el verdadero acto, los observadores se decepcionen.


Poco a poco y midiendo que la industria no tuviera pérdidas, los edificios contaminantes se cambiaban de atuendo a uno blanco, de lino, fresco. Por fin la lana burda y el encaje agrio se rompían para no volver a usarlos jamás.


Porque las ciudades se deben a todos.


Otra de las extremidades operadas fue el regalarle a la sociedad la cultura que merecían. Una cultura que apostaría a eliminar el tatuaje de ETA por el de Museo Guggenheim.


Sabían que esa operación a la larga se traduciría una economía sana de Turismo por presumir que sus calles, paseos y aguas cristalinas tendrán marcas de arte mundial.


Un edificio desperdiciado, un montón de acero de “altos hornos”, unas ventanas sucias con cara a su ría fueron aprovechadas para construir uno de los museos más impactantes del mundo.


Una llamada a Nueva York, una a la fundación de Salomón Guggenheim, una que prometía que el estado pagaría tantas cosas y la fundación otras tantas. Una que dictaba que los boletos para entrada serían como pinchos calientes.


Y así fue. Al niño de acero había que vestirle sus emociones, había que integrarle a Andy Warhol, Mark Rothko, Yves Klein, Willem de Kooning y Jean Michel Basquiat. Había que darle sus símbolos de Mascota y Araña para que entendiera el mundo que dicha araña es la representación de una Madre en la mirada de Louise Bourgeois.


Porque las ciudades se deben a todos.


Hoy Bilbao es esa mañana donde el tiempo se invierte en la selección de pañoleta a usar para poder tranquilamente llegar al trasporte de avanzada progresista que lleva a toda su población a comprar el pan caliente.


Hoy Bilbao y desde los 80´s se despierta en calma sin pensar en pérdidas de faunas, en preocupaciones de negocios de cierres, en filas de horas para ingresar a la estación. Todos en orden y entendiendo que esa joya de corona de habitantes que no tenían sus almas depositadas fueron una parte medular para este cambio.

Hoy, no se visita la ciudad que una vez fue la cuna terrorista. Hoy se visita el orden, el arte, la tranquilidad de una tapa en una plaza limpia que en algún momento albergó dolor.


Y la industria está lejos, lejos pero con facilidades de trayecto para que sus números no se marquen de tinto.


Y el arte se respira en cada esquina. Esquinas preparadas para las personas con poca movilidad. Y el pan es tan fresco que se apuesta por no almacenar y así, recorrer el camino de ruedas modernas diariamente.


Porque las ciudades se deben a todos. Y entre todos debemos de embonarlas, como ese rompecabezas que descansa en el lobby del Museo que viajó desde Nueva York.


Tengo una imagen muy presente en mis pensamientos. La uso cuando estoy aturdida de actividades y necesito invitar a la paz a mi mesa…


Siempre hay alguien que te espera…




Blog: La certeza de una historia.

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