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  • Mayela García

Cuando la nada es necesaria...


Personas disfrutando su tiempo para ser productivos

Una creencia impuesta de occidente es ser productivos en cualquier hora del día. Si es un descanso obligado de las labores, usarlo para crear algo nuevo que dará frutos económicos sería el equivalente a ser exitoso. El club de las 5:00 a.m se ha puesto de moda en una sociedad que corre, vuela, se desdibuja y se vuelve a dibujar para poder producir aunque sea unas monedas más que irán a la alcancía de las criptomonedas. Modas, redes sociales, imitaciones, creer que lo que se ve es lo cierto y por nada pensar que eso que se publica es más falso que una bolsa de oro.


Hoy cada día nos enteramos de ansiedades y depresiones que en su gran mayoría son como papeles de calca en un original admirado y que es todavía más macabro; un original que ni siquiera se cuestiona si sería lo que realmente se busca.


Los orientales han entendido que los momentos de paz y quietud son conceptos sinónimos de sentidos casi religiosos y obligados. Sea la forma que sea, ellos dedican parte de su día a momentos de contemplación y mentes blancas. Los occidentales hemos usado esos conceptos para llevarlos a un libro que dé ganancias inmediatas y busque cursos para que la gente aprenda a no hacer nada. Pagamos, sí, pagamos para que nos enseñen los conceptos de vaciado de cesta de basura.


Pero dentro de los occidentales existe un país que esto lo aprendió hace mucho tiempo. Es bello, con múltiples lugares señalados por UNESCO, con diversas historias, antepasados luminosos y arte rodeando las escenas cotidianas. Italia, ese país de café y vino, de pasta y sabores simples, de barroco y renacimiento. Italia es una república compuesta por veinte regiones y once provincias. En su pasado tuvo influencia de varias civilizaciones como los etruscos, latinos, fenicios, cartagineses y antiguos griegos hasta que en su línea llamada Risorgimiento la Italia de bota logró unirse para ser una misma figura de mapa. Cada porción de territorios después de las guerras Napoleónicas fueron negociados por las rojas camisas de Garibaldi, por la mente giratoria de Cavour y la estrategia de Victor Manuel II. De batallas y pequeños diseños de mapas y con aliados franceses pudieron llegar a donde hoy está. Un territorio estratégico en situaciones marítimas, un lugar donde el arte es de niveles superiores y un estado mental de diversión, belleza, aguas frías y melocotones dulces. Un espacio terrenal de mercados, gritos, cafés y caminatas entre piedras color terracota y grises, un espectáculo de lo único, de lo equilibrado, de euro y suspiro.


Tal vez por esta trayectoria pasada los italianos entendieron que hubo quieres lucharon para llegar a donde están y  que a ellos hoy sólo les basta con mantenerlo y respetarlo. El concepto de antiguo es tan respetado que aquí se incluye a las famosas Nonnas (abuelas). Y será el botín que fuere o los montones de monedas de oro atractivas, pero la Nonna es la Nonna. Es la matriarca, la que une, la que canta, la que tiene ese secreto de la receta perfecta, la que regaña, la que endereza y la que siempre estará contando las historias más fantásticas de su recorrido de vida. A las nonnas se les debe la creación, según la historia, del Dolce far niente. (El placer de no hacer nada). A las nonnas se  les veía poner una silla fuera, en la puerta de su casa, y sentarse un rato a observar la calle, saludar a los vecinos y esperar la puesta de sol. Si le preguntaba: “Nonna, che fai qui?” (“Abuela, ¿qué haces aquí?”), siempre respondía “niente” (nada).


Y así, toda una nación comenzó a repetir la mágica frase del placer de no hacer nada. El dolce far niente es esa sensación que se experimenta al sentarse en un bar de un pueblo italiano mientras se toma un café y se observa a los transeúntes. El tiempo se ralentiza y durante medio segundo admiras la vida en su sencillez y sólo quieres sonreír. Es la contemplación de un jardín sin comenzar a podar las plantas. Es la mirada al horizonte sin pensar en pintarlo. Es el gusto que entra por los sentidos sin trasladar dicho gusto a capitalizarlo. Capitalizar, ¿habrá algo en este presente que no necesitemos enviarlo a este concepto?


Una nonna se burlaría del famoso club de las 5:00 a.m. y les diría que no llegarían a su edad si siguen con esta terquedad de querer en todo momento ser productivos. Ella diría que ya hubo quienes lucharon por su presente y que su agradecimiento eterno es ponerles estatuas en las ciudades que los turistas buscarán para hacerse una buena selfie.


Dolce far niente. Momentos diarios, lapsos divinos de saber que no hacer nada también es parte de una vida que no necesita llevarse a un libro de meditaciones diarias.


Dolce far niente mi lector. Dolce far niente.


Siempre hay alguien que te espera…


Perteneciente al blog: La certeza de una historia por Mayela García

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