Estar del lado correcto de la historia

Estar del lado correcto de la historia

03/26/2020

por Marina Román

En el largometraje mexicano Güeros, el director Alonso Ruizpalacios nos dejó muy en claro que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción”. Esta hipótesis fue comprobada en la marcha del 8M, cuando once contingentes mayormente conformados por adolescentes marchamos en el primer cuadrante de la ciudad de Monterrey.

El pasado 8 de marzo se conmemoró el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Reitero con especial vigor la conmemoración de este día que va más allá de celebraciones, felicitaciones y cadenas de mensajes instantáneos con flores e imágenes de maquillaje.

Como lo menciona Alejandra Rangel en su artículo “Somos muchas, somos todas”, la lucha feminista es histórica. Para mí, el 8M funge con dos intenciones; primeramente, se trata de un día para mirar al pasado y vislumbrar el progreso (poco homogéneo, pero al fin y al cabo progreso) que hemos logrado. Pensar en las huelgas y exigencias de los derechos laborales después de la Revolución Industrial y el logro del voto femenino a mitades del siglo XX, son dos de las muchas hazañas por las cuales las mujeres que nos precedieron lucharon para obtener igualdad de oportunidades; y por todas ellas estamos eternamente agradecidas.

El segundo objetivo del 8 de marzo es visibilizar todo el camino que nos falta por recorrer en materia de derechos humanos. Y aunque se podrían tener una variedad de respuestas, la situación de violencia de género en México es tan alarmante que el principal derecho que exigimos el pasado domingo, fue nuestro derecho a estar vivas y no ser violentadas; el derecho a vivir, a caminar, a poder ir a estudiar con la certeza de que regresaré sana y salva.

El 8 de marzo proclamamos las calles nuestras por dos horas, donde alrededor de 15 mil voces gritamos las consignas feministas al unísono; traspasando generaciones, ideologías y clases sociales fuimos una sola voz. La marcha del 8 de marzo nunca se ha tratado de un desfile, ni un parade; si no de un acto de protesta y exigencia a los entes gubernamentales para tener (u obtener) poder sobre nuestros derechos. Este año, miles de mujeres salieron de su casa a marchar por primera vez, logrando que fuéramos cinco veces más mujeres que el año anterior. Creo que no hay una señal más clara acerca del hartazgo y la repulsión a la violencia machista penetrante en el México actual como lo fueron las protestas del pasado domingo. Para el estado de Nuevo León representó un momento trascendental, siendo la movilización femenina más grande de su historia, acompañada del Paro Nacional #UnDíaSinNosotras al día siguiente. Demostrando todo esto, el Washington Post denominó que lo sucedido el 8 y el 9 de marzo en nuestro país se ha tratado del movimiento feminista más grande en contra de la violencia de género después del #MeToo Movement.

Es muy complicado que una persona por sí sola trascienda en la historia del mundo. La semana pasada fue la prueba viviente de las cosas que podemos lograr cuando estamos juntas, y fue así como el 52% de la población mexicana hizo historia por sus gritos, su ruido y sus exigencias; no obstante, también por su ausencia. Porque tenemos el poder de sosegar el suelo, pero también de hacer temblar y derrumbar sus rascacielos.
Definitivamente no todos los días son 8 de marzo, pero todos los días luchamos por acercarnos un poco más a la equidad. Pocas son las oportunidades de trascender y dejar un legado tangible, y el pasado domingo todas lo hemos logrado.